miércoles, 22 de septiembre de 2010

PALABRAS QUE ROMPIERON UN SILENCIO POLÍTICO CONDENATORIO

Con las siguientes palabras, Tomás Moro, Santo patrono de los políticos, canciller de Enrique VIII rey de Inglaterra, rompió su SILENCIO por el que fue condenado en Westminster Hall en 1535 a ser decapitado por no aprobar lo que el rey quería hacer e hizo, casándose con Ana Bolena sin la aprobación de Roma y se autoproclamó cabeza visible de la Iglesia de Inglaterra.

“Viendo que estáis dispuestos a condenarme, Dios sabe como, quiero ahora, para desahogo de mi conciencia, exponer de manera clara mi opinión sobre la acusación y sobre vuestro estatuto.

La acusación se basa en una ley del Parlamento que está en directa contradicción con las leyes de Dios y de su Santa Iglesia, cuya suprema dirección no debe arrogarse ningún soberano ni ley.

Por derecho le corresponde a la Santa Sede de Roma, como privilegio especial que nuestro Salvador, cuando aún moraba en el mundo, otorgó a San Pedro y sus sucesores.

Pero sea como sea: no buscáis mi sangre tanto por esta supremacía, como porque no he querido aprobar el matrimonio (de Enrique VIII con Ana Bolena).”

El juez leyó la sentencia: Tomás Moro, Reo de alta traición, debía ser arrastrado, colgado en la horca, amputado en vida de pies y manos, rajado aún vivo etc, etc.

Moro respondió: “En Hecho de los Apóstoles, leemos: que Pablo guardaba las ropas de los que apedreaban a Esteban; pero hoy ambos son santos en el Cielo, y allí son amigos para siempre.

ESPERO y REZO de corazón que aunque me condenéis en la tierra, NOS encontremos para NUESTRA eterna salvación en el CIELO”.

Cuando estaba encarcelado en la Torre de Londres habiéndosele confiscado todos sus bienes y desoyendo las súplicas de su mujer e hijas para que rompiera su silencio, una noche le asaltó una tentación: “¿Colgarme yo?. Por una parte, está el hecho de que peso demasiado, estoy demasiado gordo, y correría el riesgo de que se rompiera la cuerda. Por otra, ni siquiera tengo la cuerda”. Rompió a reír y desapareció la tentación.

He aquí su famosa oración:

“Dame, Señor, una buena digestión y naturalmente, algo que digerir.
Dame la salud del cuerpo y el buen humor necesario para conservarla.
Dame un alma serena, Señor, que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro, de forma que no me escandalice ante el pecado, sino que sepa encontrar el modo de ponerle remedio.
Dame un alma que no conozca el aburrimiento, los refunfuños, los suspiros y los lamentos, y no permitas que me tome demasiado en serio esto tan avasallador que se llama “YO”.
Dame el sentido del ridículo. Concédeme la gracia de entender las bromas a fin de tener alegría en la vida y hacer partícipes de ella a los demás. Amén.”

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