martes, 4 de agosto de 2015

¿DEBERÍAN SER SANTOS LOS QUE NOS GOBIERNEN?


Como ahora todos los que nos quieren gobernar, proponen utopías, ¿No deberían, por lo menos, conocer la utopía de ser santo, e intentar imitarlo en lo que pudieran para bien de ellos  mismos y todos los gobernados?

         “Un SANTO es un avaricioso que va llenándose de Dios a fuerza de vaciarse de sí.
          Es un pobre que hace  su fortuna desvalijando las arcas de Dios.
        
Es un débil que se amuralla en Dios y en ÉL construye su fortaleza.
        
Es un imbécil del mundo – Stulta mundi- que se ilustra y  se doctora con la sabiduría de Dios.

Es un rebelde que así mismo se amarra con las cadenas de la libertad de Dios.

Es un miserable que se lava su inmundicia en la misericordia de Dios.
         
         Es un paria de la tierra que planta en Dios su casa, su ciudad y su patria.
         
         Es un cobarde que se hace gallardo y valiente, escudado en el poder de Dios.
         
         Es un pusilánime que se dilata y se crece con la magnificencia de Dios
          
         Es un ambicioso de tal envergadura que sólo se satisface poseyendo cada vez más ración de Dios.

         Es un hombre que todo lo toma de Dios, un ladrón que le roba a Dios hasta el AMOR con que poder amarle.

         Y Dios se deja saquear por sus santos. Ése es el gozo de Dios. Ése el secreto negocio de los santos.

         Así pues, ¿Qué es más importante? ¿Qué es más valioso?, ¿Lo que el hombre hace por Dios, o lo que Dios hace por el hombre?.

         En definitiva, el quid de la santidad es una cuestión de confianza: lo que el hombre esté dispuesto a dejar que Dios haga en él. No es tanto el “Yo hago”. “como el hágase en mí”
        
         Así lo describe Pilar Urbano en su libro "El hombre de Villa Tevere"

         Luego la santidad  consiste en dejarse llevar por  Dios y, al tenerLO tan presente, LE obedece ciegamente y jamás se suelta de SU mano.

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