miércoles, 2 de septiembre de 2015

¿TRATAMOS A DIOS COMO COMER A LA CARTA?

  
¿Cuántas veces tratamos a la Divina Providencia como el que pide en un restaurante comer a la carta sin un euro en el bolsillo?

Lo indigno por nuestra parte, lo misterioso y amoroso por parte de Dios, es que nos atiende siempre; pero no a nuestro gusto y lo hace porque nos quiere y le agrada tanto estar a nuestro lado, que no le importa que abusemos de ÉL y encima LE critiquemos porque no nos ha concedido lo que, a veces, hemos pedido como demasiada insistencia.

Si  hacemos un recorrido a nuestra vida y si recordamos alguna petición no correspondida por Dios,  podremos comprobar que si  la hubiera concedido, nos habría sido perjudicial.

Y es que Dios es el PADRE más SAPIENTÍSIMO y AMOROSÍSIMO  de todos los tiempos y por lo tanto es el único que sabe lo que más nos conviene.

Alguien dirá: Si Dios sabe lo que nos CONVIENE ¿Para qué molestarle pidiéndoselo? El que así  preguntara, ¡¡Qué poco conoce a Dios!!

Como por desgracia, sólo nos acordamos de Dios como de “Santa Bárbara cuando truena” y Él lo que desea es estar con nosotros, no tiene otro modo de ponerse en contacto con nosotros que obligándonos a tener que ponernos al habla con ÉL por medio de la SÚPLICA confiada y duradera.

 Cuanto más tarde  en concederla, más tiempos nos sentiremos obligados a estar  a su lado.

 No hará falta meterse en una iglesia, que en algunos casos, estará mejor porque allí está presente en la Eucaristía; pero si no se puede, es suficiente con entrar dentro de uno mismo que es donde también está Dios porque como dijo San Pablo.”En Dios, somos, vivimos y nos movemos”

Que nuestra súplica no sea nunca como la de aquel que decía: “Señor dame paciencia; pero que SEA YA”

Bien es verdad que el que espera, se desespera, pero también es verdad que “Con paciencia y una caña, todo se alcanza” y El que la sigue la consigue”

Sobre todo recordemos  lo que Jesucristo dijo:

“Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”

El día que consigamos sentar a Jesucristo en nuestra mesa, no para darle un banquete a la carta, sino sencillamente entablar una íntima conversación de TÚ a tú, sentiremos una felicidad desconocida


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